El crecimiento debe ser a favor de los pobres
Por Jorge Iván González
Temas: Revista - Edición 10, Economía
Temas: Revista - Edición 10, Economía
Durante los noventa la economía colombiana fue consolidando una burbuja, de naturaleza especulativa, que se reventó en 1998. El crecimiento especulativo, además de insostenible, empeoró las condiciones de vida de la población. Las políticas macro que se han aplicado en Colombia no han favorecido el bienestar de la población. Una de las manifestaciones de la dicotomía que suele presentarse entre las decisiones de naturaleza macroeconómica y los programas sociales, es la poca preocupación que se le ha dado al análisis de las interacciones entre las variables macro (inflación, balance fiscal y de cuenta corriente, déficit del gobierno, etc.) y los indicadores sociales. Continuamente se olvida que cualquier decisión que se tome en los frentes monetario y cambiario tiene impacto en las condiciones de vida de la población. La forma como interactúan las variables macro y los indicadores proxy* del bienestar ha sido analizada en dos documentos elaborados por el CID (2003, 2004).
A principios de los noventa, Colombia realiza una liberación radical del mercado de capitales y del mercado de bienes. Desde finales de los ochenta y principios de los noventa se discutió mucho si la liberación del mercado de bienes debería ir antes que la liberación de la cuenta de capitales. Los debates del momento son recogidos en Cárdenas y Garay (1993). Finalmente, el Gobierno optó porque la liberación cambiaria precediera a la liberación comercial. Esta secuencia equivocada tuvo consecuencias muy negativas.
La apertura y la revaluación que la acompañó crearon condiciones que favorecieron la consolidación de una burbuja de naturaleza especulativa. La apertura tuvo un impacto muy fuerte en contra de la industria y, sobre todo, de la agricultura. En los primeros años del noventa la industria crecía a una tasa promedio anual de 1,9 por ciento, pero en la segunda mitad de los noventa el ritmo bajó a -2,0 por ciento. Por su parte, la agricultura pasó de crecer al 4,8 por ciento promedio anual entre 1986 y 1990, a una tasa promedio de 2,0 por ciento para el período 1991-1995. Estas tendencias fueron contrarrestadas por la minería (sobre todo el petróleo y el carbón), que genera poco valor agregado y su impacto en el empleo es muy moderado. La apertura de los noventa no estimuló la productividad, ni favoreció la competitividad. La estructura industrial y la agricultura del país se reprimarizó. Durante los noventa los sectores de mayor crecimiento, con excepción de la minería, pertenecen al sector terciario.
El nivel de ingresos se mantiene en el piso en el que cayó en 1998, cuando la burbuja se reventó. El debilitamiento de la economía se refleja en la incidencia de la pobreza, sobre todo cuando esta se mira por el lado de los ingresos. Actualmente 28.971.779 colombianos, es decir las dos terceras partes de la población total del país, son pobres. Entre 1997 y el 2003 el número de pobres aumentó 6,7 millones y la incidencia pasó del 56 al 66 por ciento1.
Tal y como lo señala el CID (2004), preocupa que la incidencia de la pobreza aumente pero, sobre todo, vale la pena reflexionar sobre el alto porcentaje de pobres (56 por ciento) que había en 1997, cuando la economía estaba en su mejor momento. Más de la mitad de la población no logra salir de la pobreza, ni siquiera cuando la economía alcanza sus mayores tasas de crecimiento. Este resultado pone en tela de juicio la asociación que frecuentemente se hace entre el crecimiento y la reducción de la pobreza. Los hechos indican que en Colombia la mayor dinámica de la economía no ha conseguido reducir la pobreza por debajo de un nivel que es inaceptable desde el punto de vista ético. El sentimiento, la percepción de pobreza también se ha acentuado2.
La trampa de pobreza del 56 por ciento se explica por dos razones. En primer lugar, porque la apertura de comienzos de los noventa terminó generando una burbuja especulativa y un crecimiento que no era sostenible en el largo plazo. Y en segundo lugar, porque las medidas que se han tomado para luchar contra la pobreza no han estado acompañadas de políticas claramente distributivas (CID 2003, 2004).
La burbuja especulativa que se generó en la primera mitad de los noventa se explica por la forma errada como se manejó la política monetaria (González 1999), y por el desprecio que han tenido los gobiernos de los años noventa por la demanda interna. Se olvida que el 79 por ciento del crecimiento tiene sus orígenes en el mercado nacional. Después de una década de apertura, la actividad económica sigue amarrada al mercado interno. Las medidas que se han tomado con el fin de favorecer la apertura exportadora no han sido exitosas. El desconocimiento de las potencialidades de la demanda interna se ha traducido en políticas de infraestructura (carreteras, vías, comunicaciones, etc.) que no favorecen la integración nacional ni la articulación del mercado doméstico.
Para que el modelo de desarrollo sea sostenible en el mediano y en el largo plazo debe conjugar la demanda interna y la apertura. Así, la búsqueda de una mayor competitividad internacional debe estar acompañada de un fortalecimiento del mercado interno. El caso de las vías es muy claro. Si los costos de transporte disminuyen, la competitividad de las empresas exportadoras mejora y la articulación de los mercados nacionales se consolida.
La lucha contra la pobreza no ha sido exitosa porque no ha ido acompañada de una redistribución del ingreso y de la riqueza. El crecimiento por sí solo no favorece a los pobres. Es una condición necesaria pero no suficiente. La lucha contra la pobreza debe conjugar crecimiento y distribución. Este enfoque choca con las aproximaciones teóricas que establecen una asociación directa entre el crecimiento y la disminución de la pobreza. Para que el crecimiento favorezca el bienestar debe estar acompañado de políticas redistributivas3. La distribución permite superar la trampa de pobreza. Esta reflexión es especialmente importante para algunos países de América Latina, incluyendo a Colombia, en donde la concentración del ingreso y de la riqueza es muy significativa. Los intentos que se han hecho por reducir la pobreza a través del crecimiento, sin considerar la distribución, no han sido exitosos. Más de la mitad de la población se mantiene en la pobreza, aun en las coyunturas de alto crecimiento del PIB. Esta pobreza es de naturaleza estructural. La Misión de Pobreza, que apenas está comenzando sus trabajos, debería considerar el tema distributivo en todas sus dimensiones. No basta con alertar sobre la concentración de los subsidios, o de las oportunidades educativas, también debe prestársele atención a la distribución del ingreso y de las diversas formas de riqueza.
En su análisis de la relación entre el crecimiento y la pobreza, Ravallion (2001) centra la atención en el comportamiento de la distribución. Muestra que la concentración no permite que los pobres se beneficien en mayor medida que los ricos de las ganancias provenientes del crecimiento. En un contexto de inequidad, las ganancias que los ricos obtienen del crecimiento son mayores que las de los pobres. Los países que crecen con equidad disminuyen la pobreza más que los países que lo hacen de manera inequitativa. A la pregunta de si el crecimiento ayuda a disminuir la pobreza, Ravallion responde que en los países que experimentan crecimiento, la pobreza tiende a reducirse pero el ritmo es menor en aquellos donde la inequidad es alta.
Easterly (2002) muestra que la desigualdad tiene un impacto negativo en el crecimiento. Si la inequidad de las asignaciones reduce la participación de la clase media (definida como los tres quintiles intermedios) en el ingreso, la demanda cae y el crecimiento disminuye. De manera más general, el autor encuentra que “altas desigualdades obstaculizan el desarrollo de los mecanismos que permiten alcanzar la prosperidad; esta conclusión es estadísticamente significativa” (Easterly 2002, p. 1)4. El enfoque de Easterly está muy centrado en la demanda y, sobre todo, en la capacidad de consumo de los grupos medios de la población. Mantiene la preocupación de Keynes (1936): sin consumo no hay demanda y sin demanda no hay inversión ni empleo.
Por su parte, Kakwani, Khandker y Son (2004) parten del principio de que el crecimiento debe favorecer a los pobres (pro-poor growth). Y para que ello sea posible, es indispensable redistribuir el ingreso y la riqueza. Hay diversos tipos de crecimiento y no todos contribuyen a reducir la pobreza. Los ejercicios empíricos que realizan confirman la validez de dicha hipótesis. El llamado de atención que hacen los autores contrasta con el simplismo con el que algunos gobiernos asocian crecimiento a lucha contra la pobreza, suponiendo, sin ninguna explicación, que el aumento del PIB es una condición necesaria para reducir la pobreza.
El crecimiento pro-poor de Kakwani, Khandker y Son tiene dos características: la monotonicidad, y la importancia relativa del ingreso de los más pobres. La monotonicidad quiere decir que los avances que se consigan en materia de crecimiento deben reflejarse en una disminución de la pobreza. El axioma de monotonicidad significa que la reducción proporcional de la pobreza es una función monótona y ascendente de la medida del crecimiento pro-poor. El indicador del crecimiento a favor de los pobres es la “tasa de crecimiento pobreza equivalente” (po-verty equivalent growth rate), o la Tcpe, por sus siglas en español. La medida combina la magnitud del crecimiento y la forma como sus beneficios son distribuidos entre pobres y no-pobres (Kakwani, Khan-dker y Son 2004, p. 1). La reducción de la pobreza es posible si la Tcpe es maximizada. En lugar de buscar la mejora de la tasa de crecimiento convencional, los autores consideran que la atención debe centrarse en el mejoramiento de la Tcpe. La monotonicidad significa que mientras mayor sea la Tcpe, más grande es la reducción proporcional de la pobreza. Si la Tcpe alcanza su punto máximo, la reducción de la pobreza también llega hasta su máximo nivel posible.
Dado que el crecimiento es una condición necesaria pero no suficiente para reducir la pobreza, no hay una relación monótona entre el aumento del PIB y la disminución de la pobreza. Kakwani, Khandker y Son muestran, de manera enfática, que el crecimiento no basta para reducir la pobreza. La trampa de pobreza puede mantenerse aun si el país crece. Critican las teorías del “goteo”, o del “derrame” (trickle down), que estuvieron de moda en los años cincuenta y sesenta. Estas lecturas suponen que el crecimiento favorece a toda la población. El crecimiento sostenido, dicen, es como un gran estanque que se va llenado hasta derramarse, de tal forma que todas las personas terminan disfrutando de las bondades del agua. Esta lógica es rechazada por Kakwani, Khandker y Son, porque, en su opinión, no es posible confiar en que los cambios positivos en el producto se reflejen, directamente, en una disminución de la pobreza. Incluso, los autores califican como trickle down el crecimiento que reduce la pobreza, pero que les otorga a los pobres una porción de los beneficios inferior a la de los no-pobres.
El ejemplo más claro de que no existe una relación directa entre mayor crecimiento y menor pobreza, es la situación que se presentó en Colombia en 1997, cuando el PIB per cápita alcanzó su punto más alto y, sin embargo, la incidencia de la pobreza no bajó del 56 por ciento. La monotonicidad del crecimiento pro-poor tendría que llevar a romper la trampa de pobreza. Esto significa que no debe haber un límite inferior por debajo del cual la pobreza ya no pueda bajar. Y además, que la elasticidad de disminución de la pobreza con respecto a los cambios en el ingreso, debe ser suficientemente grande con el fin de garantizar que el objetivo de reducción de la pobreza se alcance durante un tiempo razonable. Los sufrimientos de los pobres no pueden extenderse a lo largo del tiempo en espera de una bienaventuranza lejana.
La segunda característica del crecimiento pro-poor es de naturaleza distributiva. La porción de los recursos que reciben los pobres debe ser mayor que la de los ricos. Si este principio redistributivo se mantiene, el mayor crecimiento se refleja en un favorecimiento de la calidad de vida de las personas pobres. El componente distributivo es consustancial al planteamiento de Kakwani, Khan-dker y Son. No se trata, entonces, de una condición menor. Y si esta lógica se aplicara al caso colombiano, habría que modificar la concentración de la propiedad, del capital y del ingreso.
La relación entre crecimiento y distribución fue planteada por Kuznets (1955). El autor hace una serie de conjeturas sobre la interacción entre el crecimiento (producto per cápita) y la desigualdad. Las hipótesis de Kuznets suelen asociarse a una U invertida. En la gráfica que normalmente se utiliza para representar el análisis de Kuznets, el eje horizontal representaría el crecimiento y el vertical la distribución. Son más equitativos los países más pobres y los más ricos. Los países de ingreso medio son más desiguales5. En el artículo del 55 no hay ninguna gráfica, y la interpretación que hace el autor de la relación entre crecimiento y distribución es muy cautelosa. Advierte que las interacciones no reflejan dinámicas intertemporales homogéneas y, por tanto, no pueden interpretarse como diferentes fases del proceso de crecimiento. No hay una causalidad clara en una u otra dirección (crecimiento hacia distribución, o distribución hacia crecimiento). Por tanto, no tiene sentido afirmar que la desigualdad es una condición necesaria para alcanzar un mayor nivel de crecimiento. El propio Kuznets reconoce que “a partir del modelo discutido no pueden sacarse conclusiones firmes” (Kuznets 1955, p. 12). Esta incertidumbre se explica, en parte, por la relevancia que tienen la cultura y la política en el desarrollo. Los procesos políticos llevan a resultados impredecibles. Y las tradiciones culturales de cada sociedad tienen una incidencia muy grande en el nivel y en la rapidez con la que se avanza hacia el desarrollo.
Para Kuznets la igualdad de oportunidades, políticas y económicas, es un “requisito indispensable” para que haya crecimiento. La igualdad de oportunidades no es sólo una condición técnica. Es, además, la “filosofía básica” sobre la que se “asienta” el crecimiento6. Pero, junto con la igualdad de oportunidades, deben darse otras condiciones. Kuznets concibe el crecimiento desde una perspectiva amplia, y lo asocia a la igualdad de oportunidades. Para Kuznets no hay dos tipos de crecimiento, el que favorece a los pobres y el que no los favorece. El crecimiento únicamente lo es en sentido pleno si garantiza la igualdad de oportunidades. No es pertinente interpretar la curva de Kuznets como una relación de causalidad en la que la distribución del ingreso depende del crecimiento. Esta lectura lleva a una generalización errónea, según la cual los países primero deben crecer y después distribuir. Kuznets es cauto y no va tan lejos. Si la igualdad de oportunidades es la “filosofía básica” sobre la que se “asienta” el crecimiento, no debería continuar interpretándose la U invertida de Kuznets como una relación de causalidad que supone sustituir equidad presente por equidad futura. Por el contrario, si la igualdad de oportunidades es una expresión de la equidad, el crecimiento de mañana se fundamenta en la equidad de hoy.
Kakwani, Khandker y Son (2004) diferencian dos tipos de crecimiento pro-pobre: el relativo y el absoluto. El primero significa que el crecimiento reduce la pobreza y que los pobres reciben una proporción de los beneficios del crecimiento relativamente mayor que la de los no-pobres. Y el crecimiento pro-pobre absoluto se presenta cuando la pobreza disminuye y los pobres reciben, en términos absolutos, mayores beneficios que los no-pobres. Esta condición es más exigente que el enfoque relativo. Al enfoque absoluto lo llaman super pro-poor. Esta forma de crecimiento reduce la pobreza más rápidamente que el crecimiento pro-pobre relativo.
Es factible que la pobreza disminuya cuando el crecimiento cae. Esta situación se presenta cuando la distribución mejora tanto, que logra compensar los daños causados por el menor crecimiento. Es muy difícil que ese escenario se presente, y por esta razón Kakwani, Khandker y Son lo llaman fuerte pro-poor (strongly pro-poor). En este caso, el crecimiento ni siquiera es una condición necesaria para reducir la pobreza. Esta posibilidad es discutida por Sen (1999). Hay países que disminuyen la pobreza, independientemente de lo que suceda con el crecimiento, porque las medidas distributivas son agresivas.
Y por oposición a todas las definiciones anteriores, el anti-poor es el crecimiento que no contribuye a reducir la pobreza, aunque mejore la distribución. Esta opción es importante porque muestra que no todas las políticas distributivas llevan, en el acto, a una disminución de la pobreza. Y el peor de los escenarios se presenta cuando el crecimiento no favorece la pobreza y además empeora la distribución del ingreso. En tales circunstancias, el crecimiento es fuerte anti-poor (strongly anti-poor).
El Gobierno ha creado la Misión de Pobreza, y uno de sus asesores es Kakwani. Es la oportunidad para que la lucha contra la pobreza se inscriba en un contexto en el que la distribución del ingreso y de la riqueza sean objetivos prioritarios. Mientras la desigualdad continúe, la lucha contra la pobreza no será exitosa. Y si la redistribución va a la par con una consolidación del mercado interno, el crecimiento será sostenible y, además, favorecerá a los pobres.
Referencias bibliográficas
Cárdenas, Mauricio, Garay, Luis, 1993, comp. Macroeconomía de los Flujos de Capital en Colombia y América Latina, Tercer Mundo, Fedesarrollo, Fescol, Bogotá.
Centro de Investigación para el Desarrollo, CID, coord. 2003, Bien-Estar y Macroeconomía. Informe de Coyuntura, CID, Universidad Nacional, CGR, Bogotá.
___2004, coord. Bien-Estar y Macroeconomía. Informe de Coyuntura, CID, Universidad Nacional, CGR, Bogotá.
Chenery Hollis, Ahluwalia Montek, 1974. Redistribution with Growth, Oxford University Press, Oxford.
Easterly William, 2002. Inequality does Cause Underdevelopment: New Evidence, Working Paper, no. 1, Center for Global Development, Washington.
Engerman Stanley, Sokoloff Kenneth, 1997. “Factor Endowments, Institutions, and Differential Paths of Growth Among New World Economies: A View from Economic Historians of the United States”, en HABER Stephen, ed. How Latin America Fell Behind, Stanford University Press, Stanford.
González Jorge, 1999. “Macroeconomía, volatilidad financiera y tasa de sacrificio en Colombia”, Cuadernos de Economía, Vol. 18, no. 30, pp. 7-24.
Kakwani Nanak, Khandker Shahid, Son Hyun, 2004. Pro-Poor Growth: Concepts and Measurement with Country Case Studies, Working Paper, no. 1, International Poverty Centre, Undp, Brasilia.
Keynes, John Maynard, 1936. Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, Fondo de Cultura Económica, México, 1976.
Kuznets Simon, 1955. “Economics Growth and Income Inequality”, American Economic Review, vol. 45, no. 1, pp. 1-28.
__1959. Aspectos Cuantitativos del Desarrollo Económico, Cemla, México, 1964.
Ravallion Martin, 1992. Poverty Compa-risons: A Guide to Concepts and Methods, Working Papers, no. 88, Lsms, World Bank, Washington.
Sen Amartya, 1999. Desarrollo y Libertad, Planeta, Bogotá, 2000.
Notas
1 Las estimaciones fueron realizadas por Santiago Grillo del CID.
2 De acuerdo con los resultados de las encuestas de calidad de vida, entre 1993 y el 2003 el porcentaje de los hogares que se sienten pobres pasó de 33,5% a 67,1%.
3 Esta idea la desarrollan Chenery y Ahluwalia (1974).
4 Easterly sigue la hipótesis de Engerman y Sokoloff (1997). La desigualdad se manifiesta en instituciones débiles, en un capital humano pobre y en una lógica que estimula la lógica rentista.
5 El autor constata que “... en los países desarrollados la mayor acumulación absoluta de riqueza per cápita productora de ingresos tiende a estar distribuida más equitativamente” (Kuznets 1959, p. 169).
6 “A mi juicio, un requisito indispensable para el crecimiento económico moderno, la filosofía básica en que se asienta éste y que le transmite su gran dinamismo, es la creencia de que hay que hacer llegar a todos los grupos comprendidos en la sociedad la igualdad de oportunidades tanto políticas como económicas...” (Kuznets 1959, p. 173).








Enlaces de interes

Guardar/Imprimir
Enviar por correo
Comentar